Bob Dylan y El Nobel 2016

Texto de Hugo Borgna

¿Qué importa más? ¿Qué Bob Dylan, un músico popular, haya ganado el tan deseado premio Nobel de literatura? ¿O el hecho, poco previsible, de que la prestigiosa Academia, puntillosa al extremo, haya otorgado el inmenso galardón a un representante del hippismo, esa generación del 70 revestida ahora de tanto análisis y respeto por los ideales que se predicaron?

Para empezar desde una base habrá que decir que la escritura, desde mucho antes del Siglo de Oro español, ordenó el modo perfecto –e indisimuladamente obligatorio- en cuanto a la forma. Por entonces Góngora y Quevedo competían en lo artístico y en la vida componiendo, entre otras formas de poesía, sonetos impolutos de fallas, con rima y métrica precisas, vocabulario culto y además, fluidez en la transmisión del mensaje; todo en el ámbito de las cortes reales, donde la aristocracia del pensamiento -expresada en la literatura- se apoyaba en el linaje de los nobles.

De haber existido entonces, ¿le habría otorgado la severa Academia el premio a Góngora o a Quevedo? Los dos, con modos opuestos, buscaban la belleza en el lenguaje; las alusiones altisonantes de uno y la síntesis crítica del otro se apoyaban en una búsqueda cabal y sin concesiones para conseguir la mejor expresión de las ideas; los dos tuvieron trayectoria reconocida -y lo que hoy llamaríamos responsabilidad literaria- teniendo en cuenta la universalidad de los temas y el ideal de superación. Por supuesto, le habrían dado el Nobel a los dos, pero aquí se abren los caminos.

Góngora personalizaba el buen gusto, aunque sobrecargado, en el decir y actuar. Quevedo, con elegancia, fue un constante provocador y se valió -para su mal- de su extraordinario ingenio, llevado al límite de la ofensa (“Si eres campana, dónde está el badajo?” de “Mujer puntiaguda y con enaguas”) (“estas flores son amarillas y estas otras son rojas, Su Majestad escoja”, para aludir a la renguera de la reina).

Hasta el Nobel de Literatura de 2014 había premiado la nórdica Academia a autores que se expresaban en géneros consagrados y tradicionales. Los recibieron mayormente quienes habían elegido la novela o la poesía como modo de escritura. En 1998 Saramago abrió una ventana mediante un estilo acrobático, profundo, crítico y ameno: la historia resaltaba más con su flexible juego de ideas y palabras. Hasta allí fue todo “lógico” y previsible.

El Nobel de 2015 no sorprendió, pese a que Svetlana Alexièvich prefirió el tratamiento periodístico por sobre el molde de un género. Sus entrevistas a mujeres, protagonistas no destacadas oficialmente en las crónicas de guerra, mostraron el rigor de las verdades dolorosas, mediante la pauta sensible para contarlas. Alexièvich eligió el modo de la emoción humana y la crítica a la censura del Sistema: la mujer emergiendo como creadora de un nuevo ámbito de sentir y contar.

Todo relativamente calmo hasta este 2016, que promovió múltiples opiniones, dudas, y tomas de posición. Iniciados, lectores simples e interesados, escritores, críticos, todos necesitaron entrar al espacio de la polémica. Amable, pero polémica al fin del fondo y la forma de la obra: letras hechas para el canto.

¿Merece Bob Dylan el premio Nobel?

El primer cuestionamiento se basa en que se trata de un cantautor popular que no dejó su obra en un libro, sino en textos de canciones. Bien, se presenta un problema nuevo y, profundizando, deberíamos ver si el mensaje vale en su conjunto y si el vocabulario usado es rico y significativo, sin simplezas ni lugares comunes, repasando todas sus letras, sin fijarnos solamente en “Soplando en el viento”.

El segundo reproche es a la personalidad de Bob Dylan, tan díscola e imprevisible como la de Francisco de Quevedo y Villegas, pero ¿es un obstáculo la falta de una armoniosa inserción social del autor para que se premie su obra?

Dylan y Quevedo reflexionan con compromiso humano y modo abiertamente crítico, con libertad de pensamiento y llegan al fondo de las cuestiones que les impiden a las personas ser cabales o, al menos, mejores.

¿Qué tiene en cuenta la nórdica academia para premiar? Por lo que se ha visto históricamente, la trayectoria del escritor, el que además debe demostrar sentir social, pensamiento universalista sin condicionantes, y profundidad en conceptos habitados de indiscutible verdad y superación personal.

La Academia acepta la libertad creativa y es obvio: sin esa franquicia no hay arte posible. Si el ejercicio de lo artístico sigue siendo una cosa viva y ardiente ¿se le puede pedir al que tiene fuego interior que se modere cuando se le está quemando el pecho?

Estamos en una situación bisagra; el giro hacia una variante parece inevitable. La evolución es necesaria, el arte es experimentación, ¿se le puede poner límites y exigir encasillamientos a lo que está en viva gestación?

Volviendo a la pregunta inicial de si merece el premio, le agregamos otra: ¿no había otros autores que fueran más merecedores?

Un premio no cambia la calidad de una obra, ni tampoco la mejora. Si no tiene el mérito suficiente, la sociedad lectora la pondrá en el nivel que creerá que le corresponde.

Será bueno abrir puertas y ventanas al envoltorio de lo nuevo, llegar hasta el fondo de su texto, recibirlo, absorberlo, aplicar la misma idea crítica que con los demás consagrados y, sólo después, resolver si nosotros también lo hubiéramos premiado.

La escritura es vida y aire nuevo momento a momento. Todo cambia y vuelve, se percibe y queda, como el estribillo a las canciones.

Nos hará bien a todos y al hecho artístico saber que estamos viviendo un momento especial de cambio y evolución: se ha incorporado la grafía separada en la poesía, y en la novela ha permitido que la amenidad haga que se sienta palpitante el texto y que quienes desarrollan el cuento no entren más a la duda de que si lo que están escribiendo es novela corta o cuento largo.

Estará bien hacer un análisis de fondo, comprendiendo y estableciendo desde los sentidos qué lugar y qué importancia están teniendo las nuevas propuestas.

En ese contexto, y teniendo en cuenta los criterios de cada uno, están invitados amablemente, lectores, a que saquen su conclusión –solo si quieren hacerlo- de decidir si está bien otorgado el Nobel de Literatura 2016 a Bob Dylan.

Acerca de Juan Pablo

Soy escritor, técnico químico, VJ, jardinero y estudiante de sociología. Asistente del artista plástico Andrés Dorigo y community manager de Editorial Palabrava. Desde 2015 dirijo Editorial De l’aire junto a la escritora Graciela Prieto Rey. A partir de julio de ese año organizo junto a Graciela y la revista Toda Santa Fe el “Ciclo de Poesía: La Herida Fundamental” que consiste en cuatro encuentros por año y reune a autores de la región junto a escritores invitados de otras provincias. El ciclo cuenta además con una feria de editoriales independientes, promocionando la producción literaria local, y arte en vivo. “Trazoomvestido” (2015) es el nombre de su primer libro de poesía.
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2 respuestas a Bob Dylan y El Nobel 2016

  1. Mario Molfino dijo:

    Reflexiono solamente en el hecho singular de haber sido el representante de la vanguardia de la música, la poesía, el arte y todas las manifestaciones populares del ´70 que encarnaban el hippismo que nació en Santa Cruz, y en los pueblos aledaños en California, donde Big Sur, con Kerouac, Allen Ginsberg, Burroughs y otros de la llamada generación Beat que marcó una época, un estilo de vida y una ruptura con el establishment. Dylan, con soberbia letras en sus canciones, fue la inspiración y el punto de partida de todo un movimiento que trascendió al mundo. Bien merecido. La poesía transita caminos insondables, que no solo contienen el verso.

  2. admin dijo:

    Gracias por tu comentario, Mario. Coincidimos en la grandeza de Dylan y su influencia en el tiempo.

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