Literatura de Rosario, Santa Fe: Marta Ortiz

Recorte de intimidad

Se niega a creer en su propia estupidez, por eso insiste y revuelve en el bolsillo. Perdió tres encendedores al hilo, record de apariencia irrelevante que visto desde la óptica del trastorno causado por el distraído autodespojo continuo, resulta devastador.

El interior estrecho y arenado del bolsillo del jean para nada revela un encendedor, pero sí -y la toca agradecido con la yema de los dedos -, el contorno filoso de la última carta de Glenda garabateada sobre papel celeste, el dibujo del ratón Mickey al pie, la leyenda I love Mickey Mouse a un costado, apaisada, y la letra con picos y precipicios llena de tachaduras que le dice que lo quiere hasta morir, que si en algo le falla la culpa es de la vida miserable que le tocó vivir, que las malas experiencias son como lápidas y otras cosas todas así, afines, básicamente dramáticas y patinadas de tristeza.

Las cartas de Glenda y esa ternura intensa bombeando alocada en el pecho… Las escribe de mañana, las decora con brillantina, les pega stickers y se las entrega de noche, esas cosas entre infantiles y seductoras que desbordan como agua de géiser de su imaginación calenturienta, arborescente.

Mete la mano hasta la costura y lo que sí encuentra –y la carta -, son los caramelos de menta que ella desliza allí no para que él los coma, sino para tenerlos bien a mano cada vez que se le antoja uno. Los dos saben de la indeclinable voluntad de Glenda de ir dejando regueros de migajas, piedrecitas en el camino para que él no la olvide, como si eso fuera posible. Olvidarla él, que la quiere así, sin recortes porque es una mina que las pasó todas, una historia turbia, violenta, como querer mirar a través de un vidrio astillado, meterse en los laberintos de la Gringa: una vida estriada, viscosa. Y si la chica no hubiera sido así de sufrida quién sabe si él se hubiera hundido hasta las manos en ese barro (tan decidida y tan pollo mojado, la Gringa, cada vez le dan más ganas de hacerle de escudo protector, de paladín, de mosquetero); hay que ver la cantidad de sentimientos que me despierta, nadie nunca antes, nadie, -se confiesa, ahonda la búsqueda del encendedor y acrecienta para sí el inventario de virtudes de las que le conoce y de las que también sin ningún reparo, así nomás, derecho viejo, le inventa-, y para colmo de bienes, la única capaz de ocuparse del ginkgo, de arrancarle los líquenes, de hablarle. Y tan luego del ginkgo, que mucho más que un árbol es un engranaje, un milagro plantado por un incierto propietario anterior hará unos veinte años para que hoy yo me sienta así de cómodo en el pequeño jardín que metro a metro diseñamos con Glenda. Un obelisco sagrado, una chinería tatuada en el exacto centro del rectángulo de césped para que nos enredemos los dos en esos abrazos al pie del árbol cuando nos sentamos a leer poemas y tomar mate y los poemas quedan invariablemente sin leer y el mate sin empezar por culpa de los reflejos de nácar de la Gringa y porque ella de movida me dice mirá esa nube, un enano de jardín; y yo la abrazo y le digo: mirá bien; y ella: ¿qué, que mire qué? ; y yo: un enano no, un viejo; y ella, tozuda: ¡pero si es un enano! ; y yo: un viejo; y ella: un enano; y así el vaivén del retruque hasta que cortamos las palabras con un beso hasta la garganta y de ahí en más nada cabe ya en los parámetros normales del amor, de ahí en más se puede esperar cualquier cosa.

Ni rastros del encendedor. Nada más la Gringa sembrando estelas en el camino. Busca en el otro y tampoco, qué idiota, reconoce, tantear en el izquierdo si nunca guardo un encendedor ni nada en el bolsillo izquierdo; tampoco en el de atrás, pero igual tantea y allí está la billetera con la plata y el documento nada más; y admite entonces la idea de comprarse otro, cosa de imbécil, el cuarto en tres días: uno verde y dos amarillos. Se le ocurre que podría elegir uno azul. Y qué cosa, qué misterioso, justo ahora que es tan feliz, venir a asociar el inofensivo color del plástico con la turbulencia del cuarto azul donde la conoció a Glenda cuando él se mudó cinco años atrás a la pensión en la calle Tívoli y por obra del destino fue a parar justo al cuarto contiguo y curioseando descubrió la puerta que se confundía con la pared bajo la pintura verde y los claveles pintados, y el agujero de la cerradura entrampado entre los pétalos bermellón como una promesa secreta capaz de proyectar la mirada escrutadora sobre el cubrecama color obispo del otro lado y entonces -una alucinación -, Glenda de cuerpo presente. Por primera vez, más allá de cualquier registro visual anterior, la Gringa resplandecía, una perla pulida y luminosa, un sueño, cuando él casualmente descubrió el orificio y de puro curioso miró qué había del otro lado y sintió correrle ese impresionante rayo de calor por dentro y pensó que se trataba de una trampa aunque se adivinaba una trampa distinta donde seguro él, si alguien se lo hubiese pedido, hubiera aceptado perderse para siempre, tal como después se perdió por propia voluntad.

Aquel cuarto era azul, descascarado a la altura de la cabecera y las manchas discontinuas de humedad aparentando montículos como dunas. La noche de esa primera noche se fue abriendo lenta, un círculo oscuro bordeando esa luz incomprensible de nácar flotando como un velo sobre la Gringa. Y como una cosa trae la otra asoció, ya no con el cuarto azul, sí con el caracol que había comprado en Mar del Plata hipnotizado por la iridiscencia, qué cosa, fue lo primero que le sirvió en bandeja la memoria ese atardecer cuando espió a través de la cerradura y quedó embrujado y deseó fervientemente inmiscuirse en las grutas interiores de Glenda donde seguro soplarían los mismos vientos tempestuosos que azotaban los sótanos espiralados del caracol.

Un encendedor azul. Como la pieza en la pensión, como el papel araña que ella había usado para disimular las tapas rotas del Diario íntimo que él deliberadamente ignoró, otra historia se hubiese contado de haberlo tocado aquella tarde y descubierto lo que había detrás –o mejor dicho, lo que había adentro, lo que se escribía -, el relato del uso sutil y perverso que alguien hacía del cuerpo de vértices por ese tiempo todavía aniñados de la Gringa.

Habría ligado entre sí, -de haber transgredido, claro, la lectura interdicta (a pesar del miedo solapado a descubrir más de lo que debía y podía asimilar) -, los ruidos discontinuos en el cuarto vecino, de a trechos las conversaciones apagadas, los murmullos, y se hubiera resguardado de un final de dependencia que no por voluntaria resultaba menos dependencia. Ella escribía, –lo supo después -, al modo de la catarsis, al estilo de la autocrítica y de la confesión. Llenaba de vértigo la página del día cada noche, acabado ya el ritual de esparcirse perlada sobre el cubrecama, y por supuesto que la cosa no terminaba allí, en la ingenuidad de la mera exposición. La escena siguiente narraba una turbia ceremonia secreta que desde el diminuto ángulo de visión entre la maraña de pétalos, apenas rescataba algún fragmento disperso: meneos de cadera, un codo clavándose en algún lugar invisible, una pierna al voleo en el aire, y cada tanto la visión esporádica de los ojos de Glenda, ojos de agua aterrados como pidiendo auxilio antes de ahogarse.

No lo hizo, el miedo le ató las manos, lo cegó.

La curiosidad lo llevó a instalarse cada día a la hora y lugar precisos; a no disociarse de su objeto de deseo. Nada lo hubiera apartado ni por un segundo del orificio colorado cuando Glenda metía la llave en la cerradura alrededor de las siete de la tarde y apenas si se daba tiempo para beber un vaso de agua y con la otra mano ya se estaba desvistiendo calculadamente, como si además de hacerlo para un hipotético observador de carne y hueso, supiese que desde algún agazapado punto de mira, alguien ardía entregado a la golosa, anónima, a la vez activa y pasiva función de espía de la intimidad ajena.

Agotado por lo inútil de la búsqueda, el hombre decide comprar el cuarto encendedor. Saca un cigarrillo, lo golpea para asentar el tabaco sobre la mano izquierda y lo calza ansioso entre los dedos índice y mayor de la otra mano. Se cruza al quiosco donde se leen dos carteles de neón: MARLBORO y HEINEKEN. “Un encendedor de plástico azul”; la quiosquera arrastra lenta las ojotas gastadas desde el fondo del cuarto contiguo.

Se protege del viento, curva la palma derecha sobre la cara. Con la otra enciende el cigarrillo. Aspira dos pitadas a fondo y se deja ir, afloja el paso por la vereda arbolada.

El juego del espía hoy tan distante adoptaba por entonces la dudosa entidad de un rito cotidiano de índole clandestina. Cómo explicar con palabras lineales la vasta delectancia detrás de lo lúdico y lo lúbrico, de la relación de perseguidor y perseguido, de policía y ladrón, de violador y violado; la tácita revelación diaria de la inconfesable intimidad de una muchacha cuya piel ostentaba la rara particularidad de reverberar en la sombra…

Fueron largos días y noches de represión de oscuras pulsiones hasta una tarde de la que sólo recuerda la imagen opaca de una luz grisácea filtrándose por las claraboyas del pasillo y apenas el resto: paredes, alfombras, lámpara de pie brotando como de la neblina de un sueño y el berretín de cortar la monotonía de las reglas de juego. Ni una sola vez más rebajaría su dignidad a espiar por el ojo de la cerradura. No más persecución pasiva de la presa. Abordaría el pasillo y buscaría la entrada del cuarto de “la Gringuita”, como la llamaban en la pensión -casi una familia-, unos diecisiete, dieciocho años contaría por entonces Glenda.

Dudó al presionar el picaporte. Una débil claridad y música híbrida de la radio escapaban en desorden por el hueco de la puerta entornada. Como invitándolo a entrar, aunque él no tuvo en un principio clara conciencia de ese detalle. Empujó la puerta, imaginó que tropezaría de lleno con el centelleo en la piel de la gringa.

El crudo contacto visual le cortó la respiración, el movimiento –la garganta seca -, se detuvo, quiso entender la distribución del cuarto en penumbras. Y ya sin escapatoria posible y al borde de transformar el revulsivo súbitamente instalado en su estómago en una arcada, descubrió aquello que de pronto ordenó las imágenes dispersas del otro lado de la puerta secreta. Arrinconado, a poca distancia del mirador clandestino, en silla de ruedas, desnudo de la cintura a los pies, un hombre de edad indefinible y los ojos claros que sorpresivamente remitían a los de la Gringa, asimilaba con oscura avidez los movimientos de odalisca de la chica que inventaba una danza de contorsiones, gestos obscenos y esa mirada tan suya, tan aislada del resto del cuerpo, sin rastro de placer, ojos como de agua aterrados recorriendo el cuarto buscando dónde cómo cuándo asirse a otros ojos que pudieran quizá rescatarla para siempre de la sordidez de la perversión como una boa presionándola. Ojos vagabundos hasta que súbitos, perentorios, se clavaron en los del visitante anónimo y bastó ese instante para que él acabara de entregarse y ella de incendiarse en un juego sin retorno donde el antiguo espía se sintió gozosamente gratificado por las manos expertas de la Gringuita y accedió y se dejó acariciar y cada contacto fue una descarga eléctrica que lo llevó a sentir en carne propia la danza tantas veces violada por el ojo secreto y comprendió todo, todo, la larga historia de sumisión hasta el último detalle menos uno que no pudo dominar: el acto huracanado, ingobernable, de enamorarse perdidamente de Glenda, y ése era, lo supo esa misma noche, su nombre al fin develado. Nombre claro, blando y los ojos tristes errando en el espacio enajenado del cuartucho de pensión en la calle Tívoli a la altura del seis mil donde se acaba el pavimento y empieza la calle de tierra.

El hombre se detiene, suben los dibujos de humo que de a trechos sopla por la boca. Anochece, muchos se refugian en los bares buscando apoyo en el café compartido. Cómo tarda –se preocupa -, deshace con el dedo un redondel de humo. Una vez más, de las cientos de veces que se lo preguntó, se pregunta cómo fue que pudo hacerlo, la firme, valiente decisión aquella noche después de dejarse manipular por las manos de seda de la Gringa ante la mirada devoradora, translúcida igual que la de ella, del hombre en silla de ruedas y de cortar por lo sano y sacarla de allí más atado él a los ojos desolados que a las manos expertas; y el pacto recién firmado de no interesarse jamás por la identidad del paralítico como para no romper la tibieza del hechizo; mejor quedarse con la duda y con los ojos cazadores, captores de Glenda y llevársela al cuarto de al lado como si la calzara en la grupa de un caballo alado y viajaran hasta muy lejos (ellos dos y el cuaderno azul), hasta que el tiempo y la distancia diluyeran la mirada sesgada y hambrienta, tan prodigiosamente semejante a la de ella, del hombre impúdico inmóvil en una esquina del cuarto y los ojos de Glenda recobraran el brillo también de agua pero ligeramente acaramelado que tienen ahora y nunca más acordarse de él, mucho menos en el jardín donde el ginkgo sigue creciendo y ella de pie y al pie para cuidarlo -murmura, sonríe -, aplasta el pucho hasta no dejar ni una chispa presionando con la punta de la zapatilla para triturarlo al hijo de puta ése, destrozarle las tripas como a una cucaracha, que salga toda la mierda estancada y a ver si puede, si es factible olvidarse de tanto parecido entre dos pares de ojos tan calcados, y vaya uno a saber cuántas otras cosas iguales tendrá. Ni una chispa, nada, contra la vereda. Mejor así.



La cena de la víspera


Se pinta las uñas con un esmalte borravino que alumbra chispas doradas. Ya recortó, una a una, las cutículas. Los dedos le tiemblan, intenta hacer equilibrio con la mano que sostiene el pincel. Le toca al índice de la derecha. Es bastante torpe usando la izquierda, ya probó con el pulgar y la pintura se le corrió a la piel. La vibración involuntaria hace que una gota suspendida del último extremo de los pelos de visón, se precipite en una caída espesa y silenciosa, sangre oscura, sobre la mesa de luz. Embebe un trozo de algodón en quitaesmalte y limpia enérgicamente la madera con lo que sólo consigue borrarle el lustre y resaltar la veta. Una isla bañada de luz ahogándose en el mar oscuro de la caoba.

Cierra el frasquito y mientras espera que se le sequen las uñas, diseña la urdimbre de la que será, una hora más tarde, su entrada al restaurante del Club de golf. Resplandeciente, soberbia, haciendo oídos sordos a los murmullos que se levantarán como rojas lenguas de fuego, mirando hacia un punto fijo y distante. De la mano de Tadeo caminará el sendero de curvas y quebradas entre las mesas hasta llegar a la de siempre, la que eligen por costumbre. O por reafirmar una vieja rutina. De cara a la pared de donde cuelga el cuadro del bergantín que abre las aguas de un mar turbulento, las olas casi negras ribeteadas de espuma fosforescente estallando a lo lejos, contra las rocas de una vaga costa de bruma.

La mesa para dos, a pocos pasos de la que ocupará el diputado Barragán, hombre paradigmático, estrella fulgurante de la política local. Para ella, el que cada vez que la ve, la pulveriza con la mirada como si con ese gesto perturbador y fundado en velados vasallajes, le estuviera desabrochando el vestido y la dejase desnuda.

Abre los dedos y desliza en el anular derecho la esmeralda que le regaló Tadeo cuando estuvieron en Río. Hace tanto tiempo, parece mentira. Ya no le regala joyas. Las dos vueltas de perlas cultivadas en el cuello, dicen que traen mala suerte, tal vez no debería ponérmelas.

En perfecta simetría con el cuadro del bergantín, un cuenco de frutas tropicales pintado al óleo sobre un mantón de Manila negro, las flores bordadas en fucsia y rojo. A contraluz de un balcón pequeño. El mar a lo lejos. Elena recorrerá una vez más, los ojos saturados de rutina, el estucado verde jade de las paredes, las arcadas de madera, los apliques de papel reciclado que difundirán la luz de siempre: amarillenta, mortecina.


Tadeo le ayuda con la abotonadura del vestido de encaje negro. Una súbita piel de gallina en los brazos y en las piernas le habla de la proximidad del cuerpo, de un temblor imperceptible. Un efecto inesperado para una relación que hace tiempo alcanzó el punto muerto, la inmovilidad. Las manos tibias recorriendo la curva de la espalda, los nudillos hundiéndole hoyuelos diminutos. La pollera le ajusta apenas en la cadera pero es la más insinuante, la mejor.

Las medias color piel calzadas en un ritual de movimientos leves y ascendentes, los zapatos negros de taco alto y fino. En el sobre de terciopelo: el rouge, los cigarrillos, un pañuelo, un espejito con marco de carey y el frasco bien tapado.


Como un abanico puntiagudo, un ramo de azucenas blancas apoya sobre la pared baja que divide los dos ambientes del comedor. A través de sus pétalos, espadas blancas y pulposas, Elena percibe cómo, a medida que avanza, se revela la pareja que acaba de entrar, la puerta giratoria en movimiento. “Barragán, éramos pocos…”, masculla Tadeo y el labio inferior le curva las comisuras hacia abajo en un gesto de desagrado.

Un hombre alto, desenvuelto, de ademanes desmedidos. Una mujer baja, pómulos de bull-dog colgando a cada lado de la boca, la mirada de ojos que no dicen nada. “El señor y la señora Barragán”, sonríe Elena desplegando una seducción premeditada que rueda por el salón y colisiona estrepitosamente con el amor propio del diputado que una vez más le clava los ojos, a la vez perentorios y húmedos, de animal salvaje. Enredada en la telaraña que se tejió en segundos, sostiene la mirada en la mirada del hombre que parece capaz de traspasarle el deseo y la voluntad.

Oye sin oír el racimo de delicias que preparó el chef para esa noche: salmón ahumado patagónico con salsa tártara, terrine de langosta con tarteletas de camarones, cazuelitas de centolla chilena, lomito de ternera salseado aux herbes de Provence, vinos y champagnes franceses a elección.


Mucha agua había corrido bajo el puente. Diez, doce años atrás no frecuentaban el club y los sábados se divertían dando la vuelta del perro por la peatonal o inventariando los boliches de comida barata en calesita, así había bautizado Elena al rodeo que resultaba de un prolijo registro nocturno de esos comederos, calzados en el fiatín como una albóndiga, la música a todo trapo y la carcajada cavando túneles en la noche. En aquellos tiempos no sabían cómo era un palo de golf ni comían carne de langosta ni le conocían el gusto; comían picadas de salame y queso, milanesas con papas fritas o mojarritas marinadas en el puerto, igual que si fueran manjares. El vino de la casa corría en gruesos chorros granate hasta que caían desplomados, víctimas del sopor y de esa clase de locura que acecha en los momentos irrepetibles de la vida a la que ellos se entregaban sin remilgos. Guardaban, entre nieblas de sueños delirantes, la sensación de que en esos días, en vez de agua, si llovía, llovía un espeso vino rojo que encharcaba los pisos, salpicaba las paredes, mojaba los cuerpos, humedecía la cama y los zapatos. Eran tiempos de pasión intensa y hasta habían desarrollado el insólito berretín de ahijar un cantero de portulacas y begonias con la misma devoción que hubiera entrañado la crianza de un hijo. Suerte que no hubo hijos.

Poco tiempo después sobrevino la inesperada vorágine del empleo tan ventajoso que propuso Leclerc, el franchute taimado y misterioso que apareció súbito una mañana en el puerto, como un desprendimiento de la bruma. Dijo que regenteaba una empresa que importaba chucherías de ésas que el sudeste asiático vomitaba sin tregua sobre esta parte del planeta. Le ofreció el oro y el moro a Tadeo, que se encandiló y aceptó sin chistar. Se entregó a las chinerías y japonerías con una furia insobornable que erosionó gota a gota la pasión, el cuidado de Elena y del cantero y ocasionó el abandono del fiatín en un corralón de hierros viejos y el punto final de los inventarios de los boliches baratos.

Antes de que se cumplieran los tres meses del nuevo trabajo que a Elena le pareció desde el principio resbaladizo y oscuro, compraron la casa de doble planta que decoró Julián, el primo arquitecto de Tadeo. Una casa como las que Elena había visto en las películas norteamericanas. El primo, que usaba camisas estampadas, pulseras, anillos y cadenas de oro en el cuello, se encargó de todo: materiales, colores, texturas, pintura, muebles. Una suerte, porque de todo eso ella no entendía nada. Era una de las cosas buenas que tenía Tadeo. La familia siempre había estado primero, la llevaba como a un estandarte, si las cosas le iban bien a él, ningún pariente suyo pasaría por estrecheces. Y llegaron la ropa cara, las joyas, los viajes. Y la ausencia progresiva de Tadeo, tangible sólo en la cinta del contestador automático. Perdido en los peldaños de la escalera sin retorno elegida para trepar.


“¿La señora ya decidió?”, el mozo interroga con las cejas arqueadas. “Elena, pensá qué querés”, la voz de Tadeo aceleró la elección: “cazuelita de centolla, no tengo secretos, siempre pido lo mismo”. “Para mí medio entrecot a punto con ensalada verde”, Tadeo cree que debe justificarse, dice que se está cuidando, que hace días que no asimila bien las comidas. A Elena le parece que hasta la voz es otra: replegada, inaudible, fría. “Trabajás demasiado, te va a salir una úlcera”, sentencia con la cabeza sesgada vuelta hacia él, lo mira con ojos repentinamente filosos. Y él sin percibir nada: “un día de éstos te invito a pasar un fin de semana en el barco de Leclerc, nos está haciendo falta un descansito”, y la mira con ojos de recién llegado, de recién te descubro, parecés bastante linda, casi me había olvidado de vos.

Elena abre los labios en algo que quiere ser una sonrisa, pierde el equilibrio, repite la fórmula que Tadeo dejó rodar sobre la mesa de la cena: “un descansito, ¿alcanzará con un descansito?” Una muchedumbre de imágenes ausentes, una procesión discontinua: los cuerpos húmedos y entrelazados, la luz de los amaneceres limitando el amor, las lágrimas, la construcción del futuro como un castillo de naipes, el tiempo desleído en otoños y más tarde en primaveras. Las largas noches hundiendo el colchón en la cama solitaria, las flores llegadas al día siguiente, las marcas de otros dedos en la piel de los dos. Oscila como un péndulo entre la mirada de rayos X del diputado clavada en su cuello, en el escote, en los ojos, en los labios, y la propuesta a destiempo, descolorida, de Tadeo. Se le cae el encendedor. Lo recoge del suelo y presiona con fuerza para encender un mentolado sin que se le note el temblor de las manos.

“¿A vos no te parece que Barragán es un payaso?”, Tadeo busca consenso, tenaz. Elena siente que le está hablando desde un lugar muy distante, el sonido de la voz rebotando en las paredes interiores de su cabeza, la resonancia múltiple de un eco. “Parece que está caliente con vos pero que no se meta con lo ajeno porque lo trituro. En la política lo trituro. En su misma salsa lo trituro. Este es un pez gordo, anda en corruptelas, en lavado de dólares. Recibe coimas por hacer la vista gorda, tiene todo el sur de la provincia para él solo”, la voz se vuelve un poco más audible, menos opaca.

Elena apaga el mentolado. “Tenés razón, es un tipo vidrioso, mujeriego, dueño de un pasado turbio y de un presente con olor a podrido. Pero esta noche a mí no me pasa Barragán, me pasa que no sé qué me pasa, debe haber sido el vino que me siento tan floja, no puedo tragar ni un bocado de centolla”, dice y se levanta de la silla con el abrigo sobre los hombros, “tengo frío, estoy destemplada”. Tadeo la sigue con los ojos, la ve cruzar unas palabras con el mozo, una seña confusa entre ambos, hasta desaparecer en el baño.
Se queda esperando, prende un puro y saluda con la cabeza a Martín Barranco y señora que acaban de ubicarse cerca, dos mesas a la derecha. Tarde, como siempre. ¿Será verdad, con la cara de mosca muerta que tiene, será verdad que Rita le mete los cuernos a Martín con el dentista? No, debe ser prensa de vecinos mal llevados, prensa amarilla. Pero porqué no pensar que a pesar de la cara de santa que tiene, ella también podría. Por qué tardará tanto Elena, ese hijo de puta de Barragán tuvo que aprovechar para ir al baño justo cuando fue ella, no da puntada sin nudo, lo voy a bajar de una trompada, eso voy a hacer cuando lo tenga a mano.

“Su señora se debe haber encontrado con una amiga, las mujeres siempre tienen algo que contarse”, el mozo lo mira comprensivo, y deja boyando la teoría de la escisión del mundo en una franja de mujeres charlatanas y otra de varones que esperan. “Le voy trayendo la mousse de chocolate o helado de fruta con coulis de frambuesa para ella; ¿usted se va a servir algo de postre o café o té de menta, de manzana con canela?”. “Nada”, Tadeo endureció el gesto y volvió a encender el puro. “No, nada es una palabra triste, mejor una mousse de chocolate.”

Elena en el baño haciendo quién sabe qué. La mujer de Barragán parece dormida, qué adefesio, pobre tipo, hay que entenderlo, pero por qué no viene y la atiende, para qué la saca a cenar, caradura, imbécil. Los brazos y las piernas le pesan, la mousse está irresistible pero la luz parece haber mermado, debe haber baja tensión. Las manos se entorpecen, la cabeza no le responde más, no cabe ni un solo pensamiento. Si Elena tarda un poco más me va a encontrar dormido, el cabernet me hizo un efecto demoledor, espero que comprenda, es capaz de haberse imaginado una noche de aquéllas de hace tantos años, cuando los huecos del cuerpo de uno se correspondían con los rebordes del otro. Ya no me queda memoria del relieve del cuerpo de Elena. Pobre, hay que reconocer que la tengo abandonada.

El frío de la medianoche corta la cara. Una curva de cielo de planetario sostiene apenas el chorro de estrellas que parece que se va a caer encima de la mujer que se sube el cuello del abrigo para protegerse del viento helado y del hombre que la abraza. La abraza y parece que la come y la bebe mientras la lleva al auto estacionado desde hace horas en la cortada solitaria. No deambulan ni los fantasmas. El equipaje en el baúl, los pasajes de avión en el bolsillo del sobretodo.

Las risas y los jadeos entrecortados y nerviosos abren ranuras en los costados silenciosos de la noche. “¿No te olvidaste de nada?”, le preguntó el hombre. “De nada”, contestó ella, la sonrisa de dientes de nácar. “Ni del cruce con el mozo, ni del sobre con la plata, ni del frasco. Si cumplió con lo pactado, Tadeo está soñando con los angelitos”.

Él respiró a fondo y largó todo el aire de golpe, resoplando, “me gustan tus manos”, le dijo antes de poner el auto en marcha. Ella se miró las palmas blanquísimas y el dorso apenas dorado, interrumpido por el color oscuro de las uñas y el anillo de esmeralda. Parecían haber sido largamente remojadas en el jugo púrpura de las uvas negras, y era como si el sabor de la vendimia se hubiese demorado en las puntas borravino de los dedos.



*Marta Ortiz, Rosario, Argentina; narradora y poeta, profesora y licenciada en Letras graduada en la UNR. Publicó El vuelo de la noche (La Editorial, Univ. de Puerto Rico, 2006; primer premio de cuento, Bienal Internacional de Literatura P. R. 2000); Diario de la plaza y otros desvíos (poesía, Ed. El Mono Armado, Bs. As, 2009). En antologías, entre otras: Los cuentos (Ed. Fundación V. Ocampo, Bs As, 2007); Los poemas (Ed. Fundación V. Ocampo, Bs As, 2009); Poetas del tercer Mundo (Ciudad Gótica, Rosario, 2008); El río en catorce cuentos, Editorial Ross, Rosario, 2011). La sangre que llegó al río (cuento) se publicó en CASA de las Américas Nro. 237, La Habana, Cuba, 2004). Sus poemas se incluyen en publicaciones en soporte papel y en la Red.

Acerca de Patricia Severín

Escritora, poetisa, narradora y ensayista argentina. Estudié profesorado de Castellano, Literatura y Latín. Trabajé como productora agropecuaria en zonas rurales al noroeste de la Provincia de Santa Fe. Viví en Reconquista y actualmente resido en Santa Fe Capital.
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